28 julio 2017

El veterinario afortunado. EDUARDO LAPORTE

Hoy no me detendré en ese calvito amable y achinado, que lleva 45 años de encierros en sus menudas espaldas, Boti, una celebridad en Pamplona por los años y también por su exposición: es el primer corredor que ve el mundo por televisión, medio metro por delante del cordón policial, en el centro del comienzo de Santo Domingo.
No me fijaré tampoco en ese corredor fondón —si no tienes velocidad pa’ que te metes—, que en el primer tramo de Estafeta ha sido superado en velocidad por un toro cárdeno. No me fijaré en el exosasunista Cruchaga, con sus carreras limpias y atléticas, justo lo contrario que el pesado corredor.
Ni en Sergio Colás, el corredor sordo del que hemos hablado en otras crónicas, ausente hoy por haber sido cogido por asta de toro en la axila. No detallaré tampoco los sonidos, esos que Sergio no recibe, en una carrera aún más intimista, ese mundo a priori plano de los que no oyen, quizá más tremebundo aún por no tener el asidero del ruido: el clonclón de los cencerros, con su aroma montañes, el griterío sostenido que se agudiza cuando crece el peligro; decía un corredor de Santo Domingo que sabía cuándo llegaban los toros por la reguero de flashes de las cámaras de fotos de los balcones y su trayectoria. Todo cuenta.
Hoy me detendré en un veterinario, natural de BENALUP CASAS VIEJAS
, Cádiz, que con su polo verde estilo doblador ha salvado el culo que ni en sus mejores sueños. La curva de Telefónica ha sido esta mañana de Miura la viva representación de un milagro sanferminero.
La posibilidad de una carnicería más cerca que nunca, con esos toracos de cornamenta trapezoidal que, sin embargo, han paseado sus astas como algodones por las sartenes del ochentero anuncio. Faltaba el impoluto mayordomo para certificar que aquí no ha pasado nada, cuando podría haber pasado todo. Y lo que ha pasado es algo parecido a un milagro, que viene del latín ad miraculum, esto es, admirable, con un grupo de mozos cautivos a la suerte de unos toros que han tirado de nobleza.
Y lo del veterinario gaditano ha sido para enmarcar en el capítulo de capoticos de San Fermín legendarios por cuanto se ha visto el hombre con el asta de un Miura rozándole la cara, tanto es así que ha cogido él mismo el toro por los cuernos, como diciendo qué hago ahora con esto, para caer luego al piso con la posterior potra de que otro torazo clavara sus pezuñas de más de 600 kilos a milímetros de su zona más íntima. Ahí está esa zancada que pisa justo entre las dos piernas en un encierro en que habría que condecorar con medallas a la caballerosidad taurina a cada uno de los siete miuras que han corrido hoy.
Buen sabor de boca por tanto al final de esta octava carrera que parece haber sido escrita por un guionista remoto y trascendente, un Cide Hamete Benengeli de la noche de los tiempos del encierro que hubiera pedido: sed clementes. El veterinario sabe que tanta suerte no entra en la esfera de lo lógico.
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